CUENTO DE SEPTIEMBRE

Hombre_Leonardo_DaVinci

 

Erase una vez un cuerpo humano.

– ¡Psssst, mano derecha! – chistó el brazo derecho.

– Dime.

– ¿Te das cuenta qué bíceps tan escultural tengo? – dijo mientras contraía y relajaba rítmicamente el músculo.

– ¡Uy, pues sí! ¡qué barbaridad!; la verdad es que estás muy cachas.

– Bueno, que tú tampoco estás nada mal, eeeh. Con esa piel tan suave y esa manicura de lujo.

– Y no te digo nada – le interrumpió la mano – si me comparo con la mano izquierda, que, la verdad, tiene bastante mugre en las uñas.

– Ya, ya, parece mentira. Y las piernas ¿te has fijado lo enclenques que están?.

– Pues la verdad es que no, porque procuro no bajar mucho por allí, que no se me ha perdido nada. Si les pica algo me hago la loca y espero a que vaya la mano izquierda.

– Pues están que parecen un perro flaco, no me extrañaría que tuvieran pulgas. De ahí los picores, seguramente. Yo, en cambio, me machaco en el gimnasio, y si tengo este aspecto tan lozano es porque me esfuerzo y sudo lo que no está escrito. Por cierto, mano derecha, ¡qué bien escribes y qué letra tan bonita tienes!.

– ¡Uy, gracias monín!; la verdad es que me he aplicado mucho desde pequeñita; no como mi colega izquierda, que no sabe hacer la o con un canuto. No entiendo como le han puesto un anillo de oro tan bonito en el dedo anular, si no le hace ni caso. Yo lo más que puedo hacer es juguetear con él, darle vueltas, pero nunca puedo lucirlo, y no es justo -exclamó quejosa.

– Tienes toda la razón, ¿y sabes qué? que no es el único agravio que nos hacen, porque, con lo que yo trabajo, en vez de administrarme hormonas para que desarrolle aun más mi fornida musculatura, van y le dan inyecciones de vitaminas a las piernas, para que dejen de estar tan birriosas.

– ¡¡Pues no hay derecho!! – contestó la mano, dando un fuerte puñetazo sobre una mesa.

– ¿Sabes? Llevo ya un tiempo pensando -susurró el brazo-, y lo he comentado también con nuestro antebrazo, que deberíamos hablar con el hombro derecho.

– ¿Para qué? – respondió intrigada la mano.

– Creo que debería hacernos una luxación y así dejarnos vía libre para ir por nuestra cuenta. Una vez descoyuntado el hueso, separarnos del tronco será tarea fácil.

– ¡¡¡Eeeehhhh!! – gritó, quejándose, el dedo índice derecho. A mi no me parece bien, que para silbar yo necesito el índice de la otra mano.

– No te preocupes, ya aprenderás a silbar usando el pulgar – replicó burlona la mano derecha. Los cuatro hermanos del índice se rieron a carcajadas, mientras el dedo corazón se estiraba, haciéndole una “peineta”.

cuerda

Al mismo tiempo, cerca de allí, se mantenía una agitada conversación.

– Dejadme que os cuente, porque esto va a ser la bomba -dijo atropelladamente la lengua. Resulta que me han contado que todo el brazo derecho se quiere separar de nosotros.

– ¡¿Qué me dices?! – respondió una oreja.

– Que sí, que sí, que me lo ha dicho el antebrazo derecho.

– ¿Y os habéis fijado? – Preguntaron los ojos. Desde hace unos días hemos visto que al brazo derecho se le está oscureciendo la piel. Empezó por las uñas, le fue subiendo por la mano y ya tiene casi todo negro hasta el antebrazo.

– Eso es de algún golpe, porque el brazo derecho siempre va dando codazos – afirmó acusadora una costilla.

– Pues que se fastidie -escupió la vesícula biliar con acidez.

– Para mi que es un tatuaje que se está haciendo, para ser diferente a los demás. Se cree muy especial: como siempre le dicen que tiene mucha influencia en el cuerpo porque es su mano derecha – acusó alguien desde la cara. Y es verdad que lo es, pero también yo soy el ojito derecho y no pretendo dejaros tuertos yéndome a otro sitio.

– A mi siempre me dice que no valgo para nada – sollozó el apéndice.

– No se, pero todo esto me huele muy mal – apuntó la nariz.

Los pulmones suspiraron, con un fuerte aire de congoja; mientras que las glándulas lacrimales se estaban llenando casi a rebosar.

– ¡¡A callar todo el mundo!! – bramó la boca desde lo alto. Me informan las orejas que solo están escuchando tonterías, y que así no vamos a solucionar nada. Alguien debería poner un poco de cordura en todo este lío.

– Vamos a ver, aquí no hay nada que discutir – dijo pomposamente el cerebro, como siempre muy seguro de lo que pensaba. Somos un conjunto inseparable y nadie tiene derecho a abandonarlo. Es la ley natural. Por tanto, si algún miembro se empeña en dejar al resto, ordenaré al sistema linfático, con todas sus defensas, que lo impida.

Al escuchar esto, la amígdala se quedó como rumiándolo, muy para adentro, sin decir nada; porque, de hecho, la amígdala nunca decía nada.

La vesícula biliar, en cambio, gruñó: ¡Uuyyy, como vaya yoooooo!.

En ese momento, el corazón latió más fuerte, con la intención de hacerse oír.

– Os equivocáis todos – afirmó con calma, intentando serenar el ambiente. No cambiaremos nada si nos enconamos en tener la razón. La mancha negra del brazo derecho ni es un golpe, ni es un tatuaje; es algo mucho más peligroso; es una gangrena: la gangrena del rencor.

– ¡¡Ooooooohhhhhhhhh!! – exclamaron todos a la vez. Todos menos la amígdala, que no dijo nada.

– ¿Qué es una gangrena? – preguntó el apéndice. Pero nadie le hizo caso.

– Y eso no es lo peor – continuó el corazón. No os lo había dicho antes, porque no quería preocuparos. Pero al poco tiempo de que comenzase a aparecer la mancha negra en el brazo derecho, yo mismo empecé también a oscurecer. Y estoy cada día más gris, y más triste.

tristeza– ¿Y tiene cura esa gangrena? – preguntaron al unísono unos cuantos glóbulos blancos.

– Sí, – afirmó tajante el cerebro. ¡Hay que extirpar!.

– Cerebro, eres un cabeza dura, siempre tan radical – le reprochó el corazón. Esta gangrena solo se cura con una cosa: la vitamina del cariño. Alguien se tiene que encargar de hablar con el brazo derecho para que vuelva a desear ser parte de nosotros.

– Pues si se trata de alguien que sepa hacer amigos, que lo haga el sistema simpático – dijo un ojo, a la vez que hacía un gracioso guiño.

– No, yo no, que me pongo muy nervioso – se opuso este. Mejor mi primo, que para simpático nadie le gana.

– ¡Lo haré yo, lo haré yo! – tronó el intestino grueso.

– No, tú no, que allí donde vas siempre dejas algún marrón – repuso la vejiga.

– Pues me cago en diez – protestó el colon.

– ¿Lo ves como no puedes? – confirmó la próstata.

– ¡Basta, basta!. Si os parece bien a todos – propuso el corazón – lo haremos el cerebro, el brazo izquierdo y yo mismo.

A lo que todos asintieron en señal de aprobación.

– Y si se trata de extirpar a alguien, que me extirpen a mi, que ya va siendo hora – proclamó el apéndice, hinchado de orgullo… y de porquerías intestinales.

El brazo izquierdo tomó la palabra en primer lugar.

– Hola, colega.

– Hola – le respondieron con frialdad desde el otro lado.

– Venimos a hablar con vosotros porque estamos preocupados. Sabemos que queréis dejarnos y emprender una vida nueva por vuestra cuenta.

– La verdad es que no lo entendemos – añadió el corazón. Si todos os queremos.

– Pues mucho no se nota. Nunca habéis sabido valorar todo lo que yo aporto; os hemos oído decir que lo único que hacemos bien es llamar a los taxis. Y le habéis puesto un anillo de oro a la mano izquierda, y a mi, que siempre firmo los contratos, los cheques, que estrecho la mano a las personas que nos presentan, y tantas otras cosas, nada de nada.

– Pero eso no es exactamente así – repuso el brazo izquierdo. El anillo que llevo en la mano no es mío, es de todos. De hecho, es gracias a ese anillo que tú y yo, juntos, cada sábado nos ponemos una camisa nueva. Y nuestro amigo el pene puede hacer espeleología, deporte del que todos disfrutamos ¿verdad?.

– La realidad de los hechos – intervino el cerebro- es que si te separas del resto nos quedaremos como un cuerpo manco, y tú te quedarás libre, sí, pero como un muñón que se arrastra.

– A veces es mejor estar solo que mal acompañado – respondió con amargura el brazo derecho.

– ¿Y la mancha negra? ¿no te preocupa la mancha negra? – preguntó el corazón.

– La verdad es que no sabemos muy bien lo que es, pero desde que empezó a aparecer hemos notado que estamos siempre enfadados. Pero, claro, es normal, si nunca nos tienen en cuenta.puzle

Entre la multitud de órganos y tejidos corporales, se escuchó, débil, una voz que nadie supo reconocer.

– Yo soy pequeña y estoy siempre muy escondida, por lo que no me entero mucho de las cosas que pasan. Pero sí se que si te separas de nosotros, nos va a doler mucho; y a ti también, pues no existe una manera de hacerlo sin que algo se rompa. Y lo que es peor: si eso ocurre, ni tú ni todos los demás podremos ya disfrutar de la emoción de un baile agarrado con una chica; ni podremos dar un abrazo fuerte a un amigo; ni podremos soltar un corte de mangas cuando nos enfademos, ni podremos aplaudir cuando nos divirtamos en un concierto. Tú, que eres especialista, ni siquiera podrás volver a sacar pelotillas de la nariz, cuando estemos aburridos en un semáforo.

Es verdad que tienes cosas diferentes al resto de nosotros, que sabes escribir, jugar al tenis, que eres el rey de las pesas, y que no hay taxi que se te escape. Pero si te fijas, hay otras muchas cosas, más importantes, que compartimos: tú piel es la misma, y se pone con carne de gallina cuando hace frío, igual que el resto del cuerpo; y se estremece igual que el resto cuando la acarician; lo que sientes lo sientes como yo, a través de un mismo sistema nervioso; la sangre que corre por tus venas es la misma que fluye por el resto del cuerpo, y viene de un único corazón que la bombea para todos con la misma potencia. Seguramente, brazo derecho, nunca me habías visto antes pero, si te vas, mi vida va a ser incompleta y algo más triste. Y estoy seguro que tú, incluso sin conocerme, también me echarás de menos. A mi y a todos nosotros.

Tras estas palabras solo se escuchó un profundo silencio. Todos se quedaron pasmados, mirando incrédulos a la amígdala, que acababa de hablar. Para la mayoría de ellos, incluido el brazo derecho, era la primera vez que oían su voz.

– Ni siquiera sabía que supieras hablar – confesó este, mientras la mancha negra le empezaba a aclarar.

– Pues sí, sí que sabía – contestó ella, sonrojada. Lo que ocurre es que hasta hoy no había tenido nada importante que decir.

Y, colorín colorado, ¿este cuento se ha acabado?.

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