EXALTACIÓN DE LA AMISTAD

(Nota: post con banda sonora: puedes pinchar la música mientras lo lees)

Dicen los que entienden de estas cosas que una borrachera digna de ese nombre pasa por varias fases, una de las cuales, la cuarta, es la de la exaltación de la amistad; que va siempre después de los cánticos regionales y antes de los improperios contra el clero y la autoridad gubernativa (extendidos estos, hoy en día, a los políticos en general).

Tengo que decir que, a mis años, no necesito una intoxicación etílica para llegar a este punto; me basta con un buen abrazo, como todos los dados y recibidos este pasado fin de semana. 

Siendo el amor, sin duda, el sentimiento más elevado del ser humano, la amistad posee una característica que lo diferencia de aquel: la certeza. Ya se sabe que el amor decae si no se alimenta cada día. Sin embargo la amistad, si es verdadera, ofrece la certeza de que puedes retomar una conversación de hace ocho años con la sensación de que no han pasado ni ocho segundos. O la certeza de que la falta de palabras entre dos amigos que están juntos, en silencio, no resulta en absoluto aburrida ni incómoda.

Tras este último reencuentro me pregunto cómo es posible que mis amigos, tras tanto tiempo de no mantener contacto, con vidas separadas, lejanas y en parte bastante diferentes, me sigan apreciando, me sigan queriendo. Y me doy cuenta de que el mérito de ello no está en mi, en absoluto, sino en sus corazones abiertos y generosos. Aunque también es verdad que el lazo es totalmente recíproco.

principito_zorro2El zorro de Saint-Exupéry explica con acierto al principito en qué consiste eso de crear lazos: “Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo…”.

¿Pero cómo se fortalece ese lazo? Un pequeño cuento hebreo narra cómo un judío le pregunta a un amigo: “Boris, ¿tú me quieres?”; a lo que este contesta: “claro que te quiero, somos amigos hace tanto tiempo, ¡cómo no te voy a querer!”. “Muy bien, -comenta el primero- pero ¿tú sabes lo que me hace sufrir?”. Boris se queda pensando y dice: “pues la verdad es que no lo sé”. Y el amigo le dice: “pues si no sabes lo que me hace sufrir… ¿cómo puedes decir que me quieres?”. Porque la amistad, que tantas veces nace en momentos de alegría, quizás compartiendo unos vasos de vino (o unos gintonics), siempre se consolida en los momentos difíciles, en el dolor compartido. “Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran”, exhortaba San Pablo a sus discípulos romanos. Como si fueras uno con el otro, tal como afirmaba Aristóteles: “un amigo fiel es un alma en dos cuerpos”.

Que una vez acrisolada, la amistad será como dice el Eclesiastés: “el amigo fiel es seguro refugio; el que lo encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor.”

¿Necesita la amistad más exaltación? Pues el propio Jesús de Nazaret, celebrando la última cena de Pascua, dijo a sus discípulos, con los que había compartido aquellos tres años: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos”. Lo dijo sabiendo que pocas horas después todos le abandonarían, muertos de miedo. Porque el amigo es el que te conoce perfectamente y sin embargo te quiere. Él mismo dijo, consciente de lo que tenía por delante, que la mayor prueba de Amor es dar la vida por tus amigos.

Siendo mi capacidad de amar bastante incapaz, estos días estoy dando gracias a Dios, especialmente, por haberme regalado el tesoro de la verdadera amistad; pero, sobre todo, por haberme regalado que mis amigos sean los que son, y no otros: gente buena, buena gente.

Unos locos intachables (que todos tenemos nuestros propios trigales dorados, que hacen presentes en el corazón a los que están ausentes en la distancia).

Va por ellos este post.

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