¿Quién puede tirar la primera piedra?

Ernst & Young ha realizado un estudio (European Fraud Survey 2011) en 22 países europeos, entre dirigentes de unas 2.200 grandes compañías; el 20% de ellos (30% en España) dijo estar conforme con sobornar a clientes para superar la recesión y mantenerse en el mercado. La mitad de todos los ejecutivos encuestados dijo que uno o más comportamientos empresariales contrarios a la ética son aceptables. David Stulb, experto en investigación de fraudes de Ernst & Young, dice que el numero de consultados que apoyan este tipo de comportamientos es alarmantemente elevado, y que aumenta en los períodos de recesión. En España, el 82,5% de los empleados piensa que las empresas utilizan “atajos” para lograr sus objetivos.

¿Ocurre esto solamente en el mundo empresarial?; no hace falta escudriñar demasiado la actualidad para percibir que no: Gürtel, EREs ilegales en la Junta de Andalucía, SGAE, Operación Galgo contra el dopaje en el deporte de alto nivel. Y en el día a día de la sociedad, autónomos que cobran sus trabajos sin IVA, profesionales que pasan gastos personales como si fuesen de trabajo, intentos de fraude en las prestaciones públicas, deportistas millonarios tributando en paraísos fiscales, la codicia de las grandes corporaciones bancarias que en gran parte ha provocado la actual crisis. Y tantos y tantos otros ejemplos que ponen de manifiesto cuál es la tendencia humana, cuando no se tiene claro que tan importante o más que lograr unos objetivos concretos (del tipo que sean) es la manera en que estos se logran. O, dicho de otro modo, que no cualquier medio es válido para lograrlos.

Se podría decir que frente al porcentaje, más o menos elevado, de personas que apoyan ese tipo de manera de actuar, existe el resto que se supone está en contra. Personalmente creo que esa tendencia la tenemos todos, lo que ocurre es que quizás la vida no nos ha colocado en la tesitura de tener que elegir de manera clara, cuando aparentemente el “mal camino” aparece como el más beneficioso. Es posible que la mayoría pueda decir: yo no robo, no mato, no miento, etc. Posiblemente sea cierto pero si analizamos con calma y detalle, ¿nunca has simulado estar un poco enfermo en el trabajo? ¿nunca has alargado el rato de salir a fumar el cigarro? (¿y no es eso robar tiempo de trabajo a tu empresa?) ¿nunca has copiado en un examen? ¿nunca has engañado a tus padres diciendo que estabas en un sitio cuando en realidad no era así? (¿y no es eso mentir?) ¿nunca has puesto de vuelta y media a algún familiar, compañero o conocido, a sus espaldas? (¿y no es eso “matar” su reputación?). Lo que quiero decir, de ahí el título del post, es que nadie está limpio del todo, y criticar las actuaciones de los demás, por el hecho de ser más mediáticas y más “voluminosas” no deja de tener un punto de mezquina hipocresía. Desde luego yo no puedo decir que no haya roto nunca un plato. He mentido, he engañado y he descubierto el daño que ello me ha producido a mi mismo y a otros. Gracias a Dios, también he descubierto el poder que tiene el perdón de regenerar a las personas.

Pero la cuestión es que, en la propia condición humana, llevamos en nuestra esencia lo más elevado y trascendente junto a la más frágil pequeñez y debilidad; como decía san Pablo a los cristianos de Corinto “llevamos este tesoro en vasos de barro”. Y todos estamos hechos de ese material. El que no es capaz de reconocerlo en si mismo es el que con más facilidad juzga y critica la debilidad y el error ajeno.

¿Quiere esto decir que hay que asumir el mal, el error, la mentira, el delito, el fraude, etc.? De ninguna manera. Lo que ocurre es que la mejor manera de combatir contra esa lacra es empezar a hacerlo cada uno mismo desde su propia realidad.

¿Y en las empresas qué pasa?. Pues no sólo existen los casos “aparatosos” que comentaba al principio (Lehman Brothers, SGAE, etc.). Existe un día a día que, en conjunto, probablemente es mucho más dañino que los casos particulares más conocidos.

Uno de los problemas importantes desde el punto de vista de los RR.HH. en las empresas es el de la rotación de personal. El coste de sustitución es elevadísimo, en el desembolso directo del proceso de búsqueda, selección, contratación, etc, pero sobre todo en los aspectos más difícilmente medibles como la fuga de talento, de know how, tiempo de aprendizaje, de errores y desconfianza inicial en el puesto de trabajo, etc., etc. Es curioso que, según un estudio de Watson Wyatt y WorldatWork, entre 13.000 empleados de casi mil empresas, los empresarios dicen que la mayoría de sus bajas voluntarias son, en primer lugar, por dinero, después por oportunidad de desarrollo y otras causas en menor porcentaje; al preguntar a los empleados que se van, el estudio señala que la primera razón es la de tener un estrés demasiado alto en sus puestos de trabajo (que puede venir provocado por diversas razones, pero en las que casi siempre el factor emocional y relacional tiene un papel importante); curiosamente, los empleadores ni siquiera mencionan entre las cinco primeras causas ese punto.

La psicóloga, consultora y formadora Nerea Urcola (autora de “Mariposas en el estómago”) sostiene que la mayoría de empleados que cambian voluntariamente de trabajo no se van de sus empresas sino que se van de sus jefes o compañeros. No se alejan de organizaciones sino de personas. O sea, que algo mal deben estar haciendo, especialmente los primeros. No es de extrañar, según estos dos últimos puntos, que tanto se hable actualmente del síndrome del quemado, del moving y tantas otras cosas por el estilo.

Pongo en relación también con estos puntos anteriores una curiosa noticia reciente, según la cual una encuesta realizada por Tea Cegos y RRHH Digital a sus lectores (con 8.000 respuestas) refleja que al 92% de los directores de RR.HH. les resulta difícil o muy difícil manifestar discrepancias directas a sus Directores Generales (no voy a entrar si la culpa es del huevo o de la gallina).

Por otro lado, según la empresa Zenit Detectives, especializada en las investigaciones en el ámbito empresarial, en las agencias de detectives se está apreciando un incremento en los casos de control de la fidelidad de directivos, ya sea a través de procesos de seguimiento y vigilancia o a través de análisis informático forense. Dicen que cuando el río suena agua lleva, así que no parece descabellado sostener que ese aumento de casos se deba a un aumento a su vez de las acciones fraudulentas de algunos directivos, en cuanto a la no observancia de sus cláusulas de confidencialidad y exclusividad. Vamos, que el engaño a la empresa, en estos tiempos inciertos, parece que está a la orden del día en las altas esferas.

Y en este sentido me planteo un tema relacionado con la falacia de mantener separados los comportamientos privados de los profesionales. Además de defender el derecho a la intimidad personal, cosa evidente y que no negaré yo, se dice con cierta ligereza, desde mi punto de vista, que una cosa es la vida privada de cada uno y otra diferente la profesional. Yo en este punto discrepo por completo. Creo que las personas son seres únicos e integrales, uno no es un ser humano moral en su casa y un inmoral en el trabajo, o viceversa. Voy a poner un ejemplo que sé que puede levantar ampollas, pero para mi es muy ilustrativo, y además me temo que bastante real. Supongamos que un Director General de una empresa se entera que uno de sus altos directivos, casado desde hace 15 años, a cuya esposa conoce bien, tiene un lío con otra mujer. No se trata de que el matrimonio no funcione sino que simplemente es un “lio de faldas” que se mantiene en el tiempo. ¿Debe ese D.G. pensar que ese es un asunto estrictamente personal sin influencia alguna en su trabajo? Dejando de lado que pueda tener influencia o no en el trabajo esa situación, ¿qué pasa con el aspecto moral del asunto?. Si uno de sus ejecutivos no tiene problema moral en engañar a su esposa (a la que en su día delante de testigos prometió guardar fidelidad, o sea, con la que también tiene firmada una “clausula de exclusividad”), ¿quien le dice a ese D.G. que su directivo no tendrá la misma falta de escrúpulos morales en engañar a la empresa, si la ocasión resulta suficientemente “apetecible”?. Se podrá decir que probablemente no lo haga porque al fin y al cabo su situación profesional (económica) en esa empresa es muy cómoda y no se arriesgaría a perderla. O sea, que en realidad la cuestión es que la tentación no sería lo “suficientemente” apetecible. O bien, que el principio económico está siempre por encima del principio ético, lo cual es aun peor, puesto que al final todo se reducirá a lograr el mejor precio. Sé que el ejemplo puede chirriar un poco, pero pienso que la separación entre la realidad privada y la profesional no existe, y si se da, en realidad es sólo apariencia. Todo acto de un ser humano es personal y tiene a la vez trascendencia hacia los demás (incluso si no es conocido) en la medida del bien o el mal que genera. Y siendo cierto que en su libertad cada uno puede hacer lo que le parezca, también creo, con san Pablo, que “todo me es lícito, mas no todo me edifica; todo me es posible, mas no todo me conviene”.

El problema no es que las personas, los empleados y directivos cometan errores o acciones moralmente reprobables, porque a todos nos ha ocurrido en alguna ocasión (¿o acaso puede alguien tirar la primera piedra?). El problema sustancial se da cuando la organización, las personas que la forman, han aceptado eso como algo normal.

Una de las lacras fundamentales de la sociedad occidental actual es que el relativismo moral, amparado en una mal entendido sentido de la libertad, sostiene que las personas son libres y por tanto, pueden actuar como crean conveniente; que no existen verdades absolutas y que estas son siempre relativas, dependiendo de la cultura o costumbres de cada sociedad, por ejemplo. Esta modernidad que nos rodea nos quiere engañar diciendo que todo vale siempre que no se moleste o se haga daño a otros; es curioso, porque en ese enunciado ya se están poniendo reglas a ese “todo vale”, y lo dan por bueno.

Yo creo que no todo vale (en el sentido de que no todo aporta valor), lo que no quiere decir que las personas no seamos libres, que lo somos, al menos potencialmente lo somos, porque cuantas veces decimos actuar amparados en nuestra libertad y en realidad lo hacemos totalmente esclavizados por nuestras propias tendencias interiores incontroladas, por nuestro afán de dinero, por las apariencias, por el qué dirán, por las modas y tantas otras cosas ¿libres? Potencialmente sí, pero en la práctica no sé si tanto.

Como decía, creo que el problema en la empresa no es que se descubran actitudes moralmente reprobables, pues en cada caso puntual habría que ver las razones que hay detrás, las circunstancias concretas, para poder tomar una decisión justa. El problema es cuando se permite que personas concretas en las organizaciones utilicen ese tipo de acciones (la mentira, la vejación, la humillación, el fraude…) como herramienta de trabajo. Entonces hay verdaderamente un quiste en la organización que se puede transformar en un cáncer que lo destruirá todo. En esos casos, la obligación de la cúpula directiva debería ser la de actuar como un preciso cirujano que extirpe el tumor hasta sus últimas consecuencias. Sin contemplaciones, asumiendo su responsabilidad.

En una empresa, formada por personas, seguro que cada día se cometen errores, técnicos, procedimentales y también éticos. Mi experiencia personal (no precisamente laboral, pero da lo mismo) es que cuando se concede otra oportunidad muy a menudo las personas la aprovechan y sacan lo mejor de si mismas. Pero la empresa debe tener claros qué límites no se pueden cruzar, qué actitudes no son válidas, porque en su propia esencia esas actitudes son dañinas, moral, personal y también económicamente. Y esto la cúpula directiva o se lo cree (y eso se transmite), o no hay nada que hacer, porque cuando todo son palabras, eso también se transmite (recuerdo: 82,5% de los empleados creen que las empresas utilizan “atajos”). Estoy convencido de que una empresa donde verdaderamente esta actitud sea leitmotiv de su Dirección, y eso se vea en hechos, se convertirá en una organización que seducirá y atraerá el talento, en lugar de contribuir a su fuga.

Probablemente, la cuestión se manifiesta en que algunas veces nos encontramos en la vida (también en la vida empresarial) ante la disyuntiva de elegir entre hacer lo que se debe hacer (lo que es correcto) o hacer lo que más me conviene. Creo que esa dificultad para decidir sólo obedece a la ceguera de no ver que, en realidad, hacer lo que se debe hacer es siempre lo que más me conviene.

Anuncios

6 thoughts on “¿Quién puede tirar la primera piedra?

  1. “No se alejan de organizaciones sino de personas.”. ¿Es que acaso existe una organizacióin que no sean personas?
    Una empresa no es sólo una escritura en un Registro Mercantil. No más que un acto de nacimiento en el Registro Civil es una persona.

    Cuando las empresas se presentan o perciben como entidades anónimas e impersonales es cuando abren las puertas a la amoralidad, a la ausencia de valores y de respeto humano.

    ¿Puede existir una sociedad humana sin respeto y sin confianza?
    Se crea una sociedad en la que una minoría consigue sacar provecho de engañar a la mayoría, pero ¿durante cuanto tiempo puede mantenerse? ¿Cuanto tiempo acepta la mayoría de ser víctima de la minoría de egoístas inmorales? ¿No forma esto una situación inestable? que sólo puede desembocar en que (1) la mayoría consigue someter a los embusteros o (2) la minoría se convierte en mayoría dónde todo el mundo termina traicionando a todo el mundo.

    La decisión entre los dos caminos nos pertenece a todos, no podemos contar con delegarla. O resolvemos el problema, o somos el problemo.

    Michel Henric-Coll

    • Gracias Michel, por tu aportación, siempre jugosa como en los debates en LinkedIn.
      Afortunadamente, ya sabes lo que se dice: no hay nadie que pueda engañar a todo el mundo durante todo el tiempo; y al mentiroso (o falto de ética en general) se le pilla siempre antes que al cojo.
      Pero lo importante, como dices, es que somos cada uno de los seres humanos, personalmente, los que debemos emprender esa senda, sin esperar a que sea el otro quien de el primer paso.
      Gracias por leer el blog.
      Saludos.
      Víctor

  2. Víctor, muy buena reflexión. Es cierto que la clave esta en la normalización de la falta, en que nos parezca normal la corrupción en gran medida porque somos parte de ella a nuestro nivel, engañando a Hacienda o el seguro de nuestra casa.

    Asumiendo nuestra debilidad es posible que podamos cambiar nuestro micromundo, y a lo mejor a partir de ahí podemos entre muhcos cambiar un poco nuestra sociedad, y nuestras empresas.

    • Como dices, Eugenio, yo también creo que la única manera de cambiar las cosas es que cada uno cambie desde dentro. El problema siempre está dentro, en el corazón, no fuera. Por eso todos los intentos históricos de cambiar las estructuras, los sistemas, han sido un fiasco o han muerto en manos de unos nuevos corruptos.
      La buena noticia, segun mi visión global y sistémica de las organizaciones y del mundo, es que si una sola persona cambia, todo el mundo está cambiando en su conjunto.
      Gracias por tu comentario y espero seguir contando contigo.

Tus ideas y comentarios serán de gran ayuda; te animo a compartirlos.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s