Dos palabras poderosas

La semana pasada asistí a ExpoManagement 2011, en Madrid. Pude escuchar unas doce conferencias y talleres en dos días, en general bastante interesantes. Iba al “menú” de ponencias abiertas, ya que el pase “vip” no daba para el presupuesto (a casi dos mil euros, la verdad es que sale un poco caro el kilo de gurú). Así que me quedé con las ganas de ver y escuchar a Mario Alonso Puig, que siempre dice cosas muy, muy interesantes, y a algún otro. A ver si el año que viene.

En próximas entradas seguramente comente más cuestiones del congreso de management, pero hoy, en mi primer post ya propiamente temático, quiero comentar la ponencia que más me gustó, que fue la que impartió el experto en inteligencia emocional Ricardo Gómez, bajo el título: “Trabajo y felicidad, un sentido profundo de lo que hacemos”.

Lo cierto es que resultó una exposición muy interesante y entretenida, a ratos divertida y a ratos profunda. Decía Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” que la finalidad de todas las acciones del hombre es la felicidad; otra cosa es lo que cada uno puede entender por felicidad (esto no se si lo decía Aristóteles, pero es evidente), pero al final es lo que todos deseamos.

La conferencia de Ricardo Gómez trataba inicialmente de ver si es posible que se de el binomio del título, trabajo y felicidad, al mismo tiempo. Nos explicaba cómo la neurociencia moderna está tratando, hay estudios sobre ello, de reconocer causas que hacen más felices a las personas. En concreto, la Universidad de Wisconsin (EE.UU.) ha estudiado durante años a miles de voluntarios a los que se les diferenciaba según su nivel subjetivo expresado de felicidad, y se les sometía a diferentes pruebas técnicas, particularmente de estudio de la actividad cerebral. Uno de las personas estudiadas fue un monje budista al que declararon ser “el hombre más feliz del mundo”; independientemente de lo discutible y sobre todo inútil del título otorgado a ese monje, los estudios del profesor Richard J. Davidson, del Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, sí han destacado algunas conclusiones en cuanto a lo que el cerebro refleja en las personas felices; en concreto, dicen haber detectado que las personas que se manifiestan más felices tienen dos características comunes: el agradecimiento y el sentido profundo de sus vidas. Además, los estudios cerebrales reflejaban que estas personas manifestaban una actividad muy elevada en la zona del cerebro que rige la creatividad, lucidez y rendimiento (cortex prefrontal), y por el contrario, una actividad muy baja de la amigdala, que gestiona emociones “negativas” como el miedo o la ira. Y esto era más evidente, como en el caso del monje, en personas que practicaban ciertas formas de meditación o de oración (actividades estas relacionadas precisamente con la trascendencia y el sentido profundo de la vida).

Y comentaba Ricardo Gómez a este respecto sobre el poder que tienen dos palabras concretas: “gracias” y “perdón”. Él se centró más en la primera, relacionándola con el referido estudio sobre la felicidad. Y lo explicaba de una manera muy gráfica, y en relación también con el pensamiento positivo, aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío, esas personas que tienen de todo y se pasan la vida quejándose o por el contrario aquellas con vidas más sencillas y que viven felices de manera evidente.

¿Por qué el ser agradecido puede contribuir a incrementar la felicidad? Porque al dar las gracias por algo (entiéndase, con sinceridad) se está reconociendo que hemos recibido de alguien (de otra persona, de la vida, de Dios) algún don que nos gusta, que nos procura un bien; o sea, estamos viendo nuestro “vaso vital” más lleno gracias a ese don. Además se requiere la humildad para dar las gracias porque se reconoce que no es algo que nos pertenece o nos hemos ganado, sino que otro nos da, quizás incluso sin merecerlo. Y es que la palabra gracias tiene la misma raíz que gratis. O sea, que cuando das las gracias te dices a ti mismo que lo recibido es bueno y se te ha dado gratis, sin esfuerzo, lo que nos hace entrar en descanso respecto a todo lo que nos tenemos que esforzar constantemente. Sin duda todo ello contribuye al bienestar mental y espiritual de la persona agradecida. Conozco una empresa donde tienen una plataforma en la intranet cuya única finalidad es que los empleados puedan agradecer a otros compañeros, de manera expresa y pública, cualquier acción de ayuda, colaboración o similar, que hayan recibido. Y se da la curiosa circunstancia de que las personas que expresan más agradecimientos son también las que más agradecimientos reciben. Seguro que no es casual.

La otra referencia del estudio sobre la felicidad es la del sentido profundo de la vida, de lo que hacemos, de la trascendencia que ponemos y encontramos en nuestras acciones, nuestros trabajos. Y aquí entra la otra poderosa palabra: “perdón”. Ricardo Gómez no entró a fondo en ella, pero siguiendo el argumento respecto al agradecimiento, desde mi punto de vista el perdón comparte con este una característica clave, y es la de la humildad; el perdón es beneficioso tanto para el que lo pide como para el que lo da: quien pide perdón requiere la humildad de reconocer que ha hecho daño, que se ha equivocado; quien perdona necesita la humildad de creer que él es capaz también de hacer lo que el otro ha hecho (eso es conocerse). La soberbia no puede pedir perdón ni perdonar, por tanto separa, disgrega. El perdón pedido nos pone en nuestro sitio de seres imperfectos, el perdón dado nos pone en el camino de lo trascendente, ya que en el fondo es sobrenatural, puesto que la justicia humana dice que el que la hace la paga (iustitia est ius suum quique tribuendi, dice el derecho romano: justicia es dar a cada uno lo que le corresponde; sea premio o sea castigo). El perdón da lo que no se merece; regenera, cambia los corazones de las personas: “mucho amor muestra a quien mucho se le perdona”, dice el Evangelio.

Pues he querido empezar mis entradas en el blog con este post, al hilo de la ponencia de Ricardo Gómez, en ExpoManagement. No quisiera transmitir ningún tinte moralista en absoluto, ni en este post ni en ningún otro posterior. No se trata, en el caso de que se esté de acuerdo con lo escrito, de que ahora todo el mundo tiene que ser agradecido o perdonarse sin cesar. La verdad es que no creo demasiado en esos propósitos de “año nuevo”, ya que somos lo que somos. Comparto totalmente la afirmación de Ricardo Gómez, tras pedir infructuosamente al auditorio una moneda de un rublo, al decir que “nadie da lo que no tiene” y al contrario, “siempre damos lo que tenemos: si tenemos mala leche, eso es lo que damos, aunque pretendamos no hacerlo”; o dicho de otro modo, “el árbol bueno da fruto bueno, y el malo, fruto malo”. No hay más. Por tanto, insisto que no es mi intención en este blog dar ningún consejo moralizante, que creo que difícilmente se podrá seguir. El mismo San Pablo decía “queriendo hacer el bien, el mal es lo que se me presenta”. Pero reconocer eso no implica que sea lo mismo buscar el bien a creer que todo es relativo, que según se mire, etc. Precisamente, pienso que el relativismo moral es de las cosas que mas han provocado la pérdida de valores que tanto daño ha hecho a nuestras sociedades. Por contra, por propia experiencia puedo afirmar que el perdón recibido puede transformar la vida de las personas, para bien, claro está.

Y para el trabajo, para las empresas, ¿sirve de algo todo esto?. Pues yo creo que sí: creo que en función de la propia cultura y valores de cada compañía debería hacerse mucho hincapié en los procesos de selección buscando talento, pero no sólo talento intelectual sino “talento en valores”. Y hacer lo posible, en caso de que ya se encuentre en el seno de la organización, para que desee quedarse.

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10 thoughts on “Dos palabras poderosas

  1. Estimado Víctor, te envío un gran saludo y ánimo a que continúes tratando este tema, puesto que tocas un aspecto esencial no solo del mundo laboral, sino que de la era contemporánea, la pérdida de valores, el relativismo moral y el llamado “Imperio de lo efímero” (como lo menciona Gilles Lipovetsky), donde todos los valores son superficiales y desechables.

    Mi duda, surge en ¿cómo implementar de manera efectiva, tales valores, como la búsqueda de la felicidad verdadera, el perdón, en empresas fundadas en el principio de la ambición material, insertadas además en una sociedad que constantemente se desmarca de referentes morales?

    Espero tus comentarios.

    Un abrazo;

    Ernesto Uribe
    Psicólogo Organizacional

    • Ernesto, gracias por tus palabras de ánimo. Respecto a la pregunta que haces sobre “cómo implementar”, mi respuesta personal es que NO SE PUEDE. Los valores y principios éticos y morales no se pueden implementar como quien instala un programa informático o desarrolla un nuevo proceso. Yo creo que la pregunta no es cómo implementarlo sino ¿quiero yo ponerlos como fundamento de mi vida? la responsabilidad es personal e intransferible. Pero si una sóla persona cambia en ese sentido, todo el mundo ha cambiado. ¿Y por qué un sinvergüenza iba a querer cambiar? pues te invito a mi próximo post, donde precisamente hablo de esto. A ver qué te parece. Aunque ya te aviso que no voy a descubrir Amércia.
      Gracias otra vez por tu comentario. Saludos.

      • Veo otro problema que entra en juego, la falta de autocrítica o el cinismo: todos dicen tener los valores que señalas. Todos son buenas personas, respetuosos, humildes, compasivos, agradecidos, etc. ¿Quién se considera a sí mismo una persona mala? ¿Cómo desenmascararlos o desenmascararme, si la lógica institucionalizada es la de las apariencias? Nos sentimos cómodos así, no hacemos esfuerzo por cambiar.

        • Parece que este post, al cabo de casi un año, ha revivido, cosa que me alegra.

          Ernesto, tienes mucha razón al mencionar el peligro de las apariencias. “Huid de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”, nos decían.

          Es cierto que, de natural, lo que nos sale es decirnos lo guapos que somos. Pero contra esa tendencia hay un truco: rodeate de gente que te diga la verdad sobre ti mismo, en casa, entre los amigos y, sobre todo, en el trabajo.

          Para un manager no hay nada peor que tener un equipo completo de “pelotas”; hay que tener siempre al menos una persona critica que te diga la verdad. Y valorarla por ello, aunque resulte incómoda.

          Los que están solos, en este sentido, lo tienen más complicado.

          Y sobre todo, huir de los aduladores como de la peste.

  2. Hola Víctor,

    Estoy impaciente por leer tu próximo post y nos des alguna sugerencia sobre lo que preguntaba Ernesto Uribe. ¿hay alguna forma de cambiar los valores de algunos individuos? como tu bien dices, ¿ por qué un sinvergüenza iba a querer cambiar?

    Un abrazo

    Tere

    • Hola Tere,
      Personalmente creo que los cambios empiezan por uno mismo. Esa es nuestra área de influencia primera. Y sólo a traves del ejemplo podemos influir para que los otros cambien. Y yo añadiria que eso no es poco porque cuando uno cambia, pone en marcha un mecanismo que impacta universalmente y de ese modo los demás también se ven afectados. En la humildad que comenta Victor yo veo siempre eso de ver primero la viga en mi ojo que la paja en el ajeno. Y por eso, insito, si quieres que otros cambien, cambia tú primero.

      Paco

      • Gracias por tu comentario, Paco, con el que no puedo estar más de acuerdo.

        Es lo que comento en el siguiente post sobre liderar con valores: sólo sirve el ejemplo honesto (si es forzado, falso, tampoco sirve de gran cosa).

        Un saludo, y espero seguir contando con tu lectura y comentarios.

        • Estimado Victor,
          Gracias por tua afectuosas palabras de bienvenida.
          He encontrado tu blog por casualidad, pero quizás no lo sea tanto, ya que creo que los intereses compartidos se atraen de una forma a veces no evidente. Me ha gustado tu forma valiente de decir las cosas. Seguiré leyendo y participando.
          Gracisa tambén por compartir con todos estos magníficos artículos y por el tiempo que nos dedicas a los demás. Admiro mucho a las personas generosas (con su tiempo, tan escaso en estos tiempos que corren).
          Hasta pronto
          Paco

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